F.A.M.
 
  Revista de la Federación Andaluza de Montañismo
© Collado Sur             Edición nº 8 
Dos encuentros inesperados
 
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En la práctica habitual del montañismo, no es muy frecuente tener contactos de una manera bien patente con la fauna, tal vez en zonas muy lejanas y salvajes sea fácil. Por otra parte el montañero no está pendiente de estos temas, y su documentación sobre los mismos es pequeña. Cuando se plantea una salida, lo fundamental es hacer la escalada, y hacer cumbre, cosa que naturalmente compartimos. También habría que decir que no es fácil encontrar personas, en las que se reúna la pasión por la montaña y por su fauna. De todas formas durante nuestra actividad es corriente avistas un grupo de rebecos que atraviesa un nevero, o grandes rapaces en el cielo. De una manera anecdótica, y bien cercano, vamos a narrar dos encuentros inesperados, con dos animales nada despreciables. En el primero de ellos hablaremos del zorro, que cada vez se acerca más a los montañeros, y que se puede dar en muchos lugares de la península Ibérica, pero en este caso fue en Sierra Nevada. En el segundo el protagonista es la víbora, y fue en un conocido rincón de los Pirineos.

Es bien entrada la noche, en plena madrugada, atrás ha quedado la marcha por la vereda conocida. La sed de "tresmiles", nos hizo caminar a la luz de la luna, para ganar tiempo en el siempre breve fin de semana. No muy lejano, el canto del río es la única señal de vida en este apartado lugar; de pronto, un ruido me saca del bien merecido sueño. Es un ruido aquí mismo, y suena a metálico. Mi compañero está despierto, y me mira sin encender la linterna, ¿qué será eso?

El zorro

En una esquina de la tienda quedaron los útiles de cocinar, y al parecer alguien los está manipulando. Como hay luna llena pasamos de la linterna, con suma precaución vamos abriendo la cremallera de la tienda. Son instantes de cierta emoción. Segundos después descubrimos a un zorro aprovechando los restos de nuestra cena, de momento el animal queda inmovilizado. Son breves segundos pero de cierta intensidad y satisfacción, poco después el zorro desaparece fugazmente.

Es lo que algunos comentan, opina mi compañero:"en ciertos caminos los zorros siguen a los montañeros, para aprovechar los posibles restos de comida". Sin lugar a dudas, le contesto; pero tras la visita mañana limpiaremos bien los cacharros, no vaya a ver algún problema infeccioso.

Pero los zorros se van confiando a la gente de la mochila en la montaña. En esta segunda ocasión, marchábamos a pleno día en una jornada en la que habría que emplearse a fondo, gran desnivel y horario dilatado. Además algunas dificultades surgirían, antes de llegar a la laguna para dormir. Las horas pasaban, y la laguna ni por asomo, no es que fuéramos lentos, o lleváramos tiempo sin salir a la montaña. Era el desnivel, pues superar dos mil metros se hace en pocos lugares, y tras las horas la mochila pesa más. Otro nevero, pendientes de la huella, y para arriba hacia las rocas que sobresalen de la nieve. Un nuevo impulso y de golpe estamos en la laguna, al pié de nuestra montaña.

El sudor se seca rápidamente, y abrigarse es imprescindible; al poco la tienda nos cobija. A la mañana siguiente no hay prisa en subir a la cima, es casi un trámite, incluso se podría haber hecho ayer. Pero no es necesario la prisa, y así gozar todo lo que podamos de estos parajes, por los que tanto suspiramos, y a los que se accede con dificultad. El desayuno a la puerta de la tienda, bajo los primeros rayos del sol es agradable.

Hay algo que me distrae, o las piedras se mueven, o no estoy bien despierto. Pero no, allí hay algo y bien vivo. Un perro y solo a estas alturas, no es muy lógico. Su color es bien parecido al de las rocas, sin embargo a pleno sol adquiere un brillo distinto. Es un zorro cuyo pelaje rojizo lo hace inconfundible, a medida que se acerca apreciamos mejor los detalles de este animal salvaje, y que ahora tenemos la suerte de ver en vivo sin trampa ni cebo.

Pero se aleja, parece que desconfía algo, no conviene moverse bruscamente pues desaparecerá. De nuevo vuelve y se asoma entre las piedras.

Voy a intentarlo, le digo a mi compañero, tomo la cámara y un puñado de galletas, poco a poco estoy más cerca de este bellísimo mamífero omnívoro. Aquí no hace falta el teleobjetivo, le pongo unas galletas y cada vez está más cerca de mí. ¡Es bellísimo¡ Casi le estoy dando de comer a este zorro montañero, que con sus tiesas orejas le gustan las galletas integrales.

Un silbido me hace volver a la realidad, tenemos que continuar, nos espera la cima, alcanzarla nos dio como siempre una gran alegría, pero la anécdota del zorro, hizo que la ascensión tuviera un recuerdo distinto.

La víbora

Es muy normal que muchos montañeros en distintas salidas a los Pirineos, antes o después, suban a la Gran Facha, de la que poco habría que decir con las magníficas publicaciones que existen en el mercado. Además esta cumbre es muy apropiada para una toma de contacto con las altivas cimas del Pirineo Occidental. Hace ya algún tiempo de esto, no funcionaba el nuevo refugio, así que volvimos al antiguo y pequeño en las inmediaciones del Ibon de la Ranas. El día era espléndido bajamos de la mencionada cima, y llegamos bien sudorosos, no lo pensamos dos veces y nos fuimos a nada al ibón. Antes de salir del refugio, notamos más ruido dela cuenta en la chimenea. No había viento, debe ser una lagartija o algún animalillo sin la mayor importancia. Sea lo que sea va a cambiar de domicilio, para ello encendimos la chimenea, y el humo se encargará de ahuyentarlo.

Poco después nadábamos en el ibón, y a pesar de que el agua está fría no éramos los únicos en zambullirnos, pero sin jabón. El agua fría es un buen punto final para los cansados músculos.

De vuelta al refugio nos dedicamos a prepara algo de comer, y de nuevo volvimos a oír ruidos en la chimenea, como si hubiera alguien hurgando allí. Provistos de una linterna frontal y una pala, nos acercamos a investigar de que se trataba. Paulatinamente fuimos quitando los restos que había en la chimenea, a la par que el frontal iluminaba cada resquicio. Hasta que vimos algo alargado que se movía, y no muy voluminoso. Mientras que uno alumbraba el otro con un palo trataba que el reptil se enrollara sobre el mismo, así observamos lo que se movía a nuestros pies no sin ciertas dosis de prudencia.

Mi compañero sin duda alguna la identificó como una víbora, ya que posee ciertos conocimientos de biología. El cuerpo no es muy grande, al contrario que en las culebras, la cabeza triangular, y sobretodo las escamas de su piel son todas iguales, no presentando las placas que ostentan las culebras en su cabeza.

Nos encontramos con la víbora a los pies de las camas del viejo refugio, con la consiguiente preocupación de todos los presentes, ya que había dormido a corta distancia de todos nosotros, ¿Qué hacer? Cogimos un envase y tras muchas peripecias la víbora se metió dentro, para a continuación taparlo con una tabla. Salimos fuera del refugio y buscamos una alejada pedrera, en donde quedó en libertad.


Nota sobre los zorros: hemos sabido a través de tercero como un zorro mordió en la cara a un montañero que vivaqueaba, necesitando cura urgente. También preparando un vivac hubo que apartar al zorro, ya que prácticamente se metía entre las piernas de los montañeros, por lo que hubo que espantarlo lo mejor que se pudo.

Manuel Gil Monreal