COLLADO SUR
REVISTA PERIÓDICA DE LA FEDERACIÓN ANDALUZA DE MONTAÑISMO
REVISTA Nº 14
I TRIMESTRE 2003

CABO VERDE: MONTAÑAS SOBRE EL ATLÁNTICO

 
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Cuando desde la ventanilla del avión descubro la isla de Sal su calcinado paisaje se me asemeja a un trozo de desierto africano navegando plácidamente a la deriva por el azul del Atlántico. Hacía tiempo que quería conocer Cabo Verde, ese conjunto de islas que forman la zona más al sur del gran archipiélago de la Macaronesia, además, en un buen número de islas existen altivas y desconocidas montañas y esto para mí suponía ya un buen pretexto para conocerlas. Esta vez, contando sólo con una corta escapada, me proponía conocer algunas islas que forman parte de las del grupo denominadas de “Barlovento”.

Sal es apenas un “portaaviones pétreo” de Cabo Verde. La isla, siendo de las más desérticas y escasamente pobladas del archipiélago, alberga el único aeropuerto internacional. Pero, nosotros buscábamos ansiosamente las alturas de Santo Antao, una de las islas más perdidas y, aunque sin albergar al “techo” de CaboVerde, se trata de la más montañosa, contando en su interior con algunos de los más singulares paisajes.

Un paseo por Sal nos envuelve en un ambiente mágico de “morabeza”, de nostalgia; playazos de arena fina, pueblos detenidos en el tiempo, la decadencia de una mina de sal abandonada –de aquí le viene el nombre a la isla, un paisaje amable y quieto.

Pronto estamos a bordo del pequeño fokker que nos va a llevar en un salto a Sao Vicente. En el vuelo coincido con un pequeño grupo de Agentes de Viajes españoles que invitados por un Operador Turístico están conociendo las islas. –“Espero que lo que venga a partir de ahora sea más bonito que lo que he visto, aunque de todas formas no tiene que serlo mucho más, pues desde luego Sal no merecen 4,5 horas de vuelo desde España”, me espera una joven Agente de Viajes del mencionado grupo. En parte, pienso, tiene razón. En Sal “tan sólo” hay playas y quietud y esto no es suficiente para el turismo convencional. Media hora de vuelo y estamos en Sao Vicente, última y necesaria escala para partir hacia Santo Antao. Sao Vicente se trata ya de una isla eminentemente montañosa y su pequeño y principal puerto, Mindelo, se recorta en una plácida bahía bajo montañas volcánicas. Un paseo por las calles de la zona vieja y del barrio de pescadores me transporta a los escenarios soñados de las novelas de Corto Maltés. Tomamos café y “grogue” en la taberna de Cesárea Evora, esa fantástica trovadora que con sus mornas y canciones llenas de morabeza ha cautivado a muchos de nosotros. Cae la tarde plácida y tranquila sobre Mindelo, ahora como siempre, como hace muchos años, mientras esperamos la salida de nuestro barco hacia nuestra isla soñada.

Un “cascarón de nuez”.
Son las ocho de la mañana cuando nuestro “paquebote”, un pequeño barco donde nos alojamos un montón de viajeros, enfila la bocana del puerto. Apenas rebasa el espigón que hace de la aguas del puerto un lugar tranquilo el “Ribeira de Paúl”, como así se llama el cascarón, comienza a moverse endiabladamente. Empieza el baile, el barco se balancea de lo lindo en medio de las revueltas aguas del Canal de Sao Vicente, un amplio espacio de océano salvaje y compulsivo que separa a las dos islas. En la nave comienzan los primeros mareos del personal, Manoli pide una bolsita y comienza a pasarlo mal. Un abuelo sale presto de su asiento con la boca llena y lanza el guiso sin piedad al lado de Nacho por estribor y hacia barlovento. Me cubro rápido y audaz con la mochila, casi nos bautiza. Seguimos y siguen los mareos, por decir algo. Un mozalbete se revuelve en su asiento y echa el cocido a los pies de Consuelo. Por fin, tras más de una hora de “animada” travesía arribábamos al Porto de Santo Antao, el llamado Porto Novo.

Por la Ribeira de Paúl.
Después de varios días de inactividad estamos con ganas de caminar. La isla de Santo Antao está atravesada por una imponente cordillera en la que sobresale el “Tope de Coroa”, el segundo “techo” de Cabo Verde. Aunque se trata de la segunda isla más grande del archipiélago, gran parte del territorio se encuentra deshabitado. Ello se debe a que la parte sur de la isla es árida, desértica y a una geografía de vértigo en la zona norte. Los profundos y verticales valles surcan las laderas de la cordillera hasta llegar al mar, culminando en acantilados que protegen la isla de las furiosas olas del Atlántico. Los accesos por carreteras son escasos y la mayor parte del territorio debe recorrerse a pie, por senderos y caminos de montaña. Toda una atractiva llamada para nosotros.

En el puerto el aire sopla cálido, casi caliente pero a medida que subimos comienza a refrescar. Nuestro “aluguer” –furgoneta taxi- nos deja en lo alto de un puerto que franquea la cordillera principal de la isla, en el lugar conocido como “Cova”, un extinto cráter volcánico. El paisaje ha cambiado sustancialmente, las beneficiosas nubes que los vientos del norte empujan hacia la costa hacen brotar la vida en esta parte de la isla donde los bosquetes de pinos se mezclan con plantas tropicales. Comenzamos una ligera ascensión hacia Pedra Rachada, un alto desde donde extasiados contemplamos el gran cráter que forma la Ribeira de Paúl, un valle que se abre abismal hasta el Atlántico. Un sendero vertiginoso va a propiciar que descendamos 1.500 mts. de forma radical. La increíble traza de los senderos es una de las particularidades de Santo Antao. Una vasta red de caminos construidos por los nativos y colonizadores portugueses hace cientos de años posibilita que nos internemos en los lugares más increíbles. Muchos de los senderos están empedrados, otros siguen aéreas “levadas” –conducciones de agua- y su construcción sirvió para comunicar los más alejados rincones de la isla. Algunos de ellos están excavados en la roca volcánica, otros están colgados literalmente del vacío, pero todos ellos construidos de forma sobria y robusta y con la amabilidad de un sendero integrado en el medio. Muchos de estos caminos discurren por las Ribeiras de la zona norte, donde el paisaje fértil propicia la vida y algunos de ellos cruzan hacia el sur, donde por las características del paisaje se construyó el puerto principal de la isla. Desde estas Ribeiras y a través de estos senderos los paisanos transportaban los valiosos frutos cultivados: verduras, hortalizas, mangos, papayas... y, como no, el famoso “grogue” hacia el puerto sur de la isla, desde donde las mercancías partían hacia Mindelo y a otras islas.

Entretanto, nuestro sendero se retuerce como puede salvando el profundo desnivel. Nos encontramos en un circo de montañas colosales y a medida que descendemos comienza a aparecer vegetación tropical: plataneras, árboles del pan, papayas, mangos, cultivos escalonados en terrazas de vértigo..., aparecen casitas tradicionales con techos de paja y a nuestro paso somos saludados por los amables habitantes de Santo Antao, donde la tradición dice que sus moradores son tan dulces como la caña de azúcar que cultivan. Cultivos de caña que se afanan alrededor del “trapiche”, especie de alambique donde se prepara la bebida alcohólica por excelencia, el “grogue” –un destilado a caballo entre el aguardiente y el ron- que se ha convertido en la bebida tradicional del archipiélago junto con los vinos de Fogo.

Bajamos y bajamos, pasamos por pequeñas aldeas de sugestivos nombres como Cha de Fazenda, Lombo do Merco, Boca de Figueiral, un valle detenido en el tiempo, lugar donde encontramos a Sancho, un francés que andaba descalzo, emulando a los lugareños, y que vino aquí a perderse. –“Vivo del cultivo de café y vendo algo de artesanía” . Casi hemos descendido al nivel del mar cuando nos encontramos a Angeliño, el chófer de nuestro aluguer, en una vuelta del sendero, ahora convertido en pista.

Un sendero sobre el mar.
Desde Ponta do Sol, un perdido rincón de la isla batido por las aguas del Atlántico, nos disponemos a realizar uno de los senderos más afamados, el que lleva de Ponta do Sol a Cruzinhas. Una casi “imposible” carretera adoquinada nos lleva al escondido pueblo de Fontainhas. La carretera rodea a media altura el acantilado y antes de llegar al pueblo se convierte en sendero, un sendero de los más increíbles que haya visto y el que escribe conoce perdidos caminos desde el Karakorum al Atlas. Caminamos y caminamos, pasamos por pequeños pueblos abandonados y por aldeas todavía habitadas. A veces el sendero está colgado del acantilado a varios cientos de metros sobre el mar, otras casi desciende a tocar las olas para al final después de cuatro horas de caminata bajar a la playa de Cruzinhas. Un baño nos alivia a estas horas del día del calor que ya se deja sentir.

Del Pico da Cruz a los volcanes de Morocos.
Desde el Pico da Cruz (1585 mts.) al que se asciende cómodamente desde una pista cercana se nos abre un fantástico mar de nubes que se descuelga en cascada por las crestas. Son las nubes que propician la vida en la cara norte y que se diluyen sin solución al caer hacia el paisaje volcánico de la cara sur. Aquí, conocimos el vasto territorio llamado Morocos, un paisaje calcinado y de una sequedad extrema. Plantas espinosas y acacias adornan estos solitarios parajes. Solitarios parajes de los que huía “la turista accidental” que encontré en Sal y que me transportaba al recuerdo de unas hermosas frases del escritor y alpinista francés George Sonnier que leí hace tiempo: “...y a veces ocurre que en aquélla bienaventurada soledad, demasiadas veces perdidas, se encuentra al fin, intacta, al fondo de algún valle, en el camino de una montaña sin prestigio y sin gloria.”

 

Faustino Rodriguez Quintanilla
Socio del Club Montañero Sierra del Pinar

 

 

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