Sal
es apenas un “portaaviones pétreo” de Cabo
Verde. La isla, siendo de las más desérticas y
escasamente pobladas del archipiélago, alberga el único
aeropuerto internacional. Pero, nosotros buscábamos ansiosamente
las alturas de Santo Antao, una de las islas más perdidas
y, aunque sin albergar al “techo” de CaboVerde,
se trata de la más montañosa, contando en su interior
con algunos de los más singulares paisajes.
Un
paseo por Sal nos envuelve en un ambiente mágico de “morabeza”,
de nostalgia; playazos de arena fina, pueblos detenidos en el
tiempo, la decadencia de una mina de sal abandonada –de
aquí le viene el nombre a la isla, un paisaje amable
y quieto.
Pronto
estamos a bordo del pequeño fokker que nos va a llevar
en un salto a Sao Vicente. En el vuelo coincido con un pequeño
grupo de Agentes de Viajes españoles que invitados por
un Operador Turístico están conociendo las islas.
–“Espero que lo que venga a partir de ahora sea
más bonito que lo que he visto, aunque de todas formas
no tiene que serlo mucho más, pues desde luego Sal no
merecen 4,5 horas de vuelo desde España”, me espera
una joven Agente de Viajes del mencionado grupo. En parte, pienso,
tiene razón. En Sal “tan sólo” hay
playas y quietud y esto no es suficiente para el turismo convencional.
Media hora de vuelo y estamos en Sao Vicente, última
y necesaria escala para partir hacia Santo Antao. Sao Vicente
se trata ya de una isla eminentemente montañosa y su
pequeño y principal puerto, Mindelo, se recorta en una
plácida bahía bajo montañas volcánicas.
Un paseo por las calles de la zona vieja y del barrio de pescadores
me transporta a los escenarios soñados de las novelas
de Corto Maltés. Tomamos café y “grogue”
en la taberna de Cesárea Evora, esa fantástica
trovadora que con sus mornas y canciones llenas de morabeza
ha cautivado a muchos de nosotros. Cae la tarde plácida
y tranquila sobre Mindelo, ahora como siempre, como hace muchos
años, mientras esperamos la salida de nuestro barco hacia
nuestra isla soñada.
Un “cascarón
de nuez”.
Son las ocho de la mañana cuando
nuestro “paquebote”, un pequeño barco donde
nos alojamos un montón de viajeros, enfila la bocana
del puerto. Apenas rebasa el espigón que hace de la aguas
del puerto un lugar tranquilo el “Ribeira de Paúl”,
como así se llama el cascarón, comienza a moverse
endiabladamente. Empieza el baile, el barco se balancea de lo
lindo en medio de las revueltas aguas del Canal de Sao Vicente,
un amplio espacio de océano salvaje y compulsivo que
separa a las dos islas. En la nave comienzan los primeros mareos
del personal, Manoli pide una bolsita y comienza a pasarlo mal.
Un abuelo sale presto de su asiento con la boca llena y lanza
el guiso sin piedad al lado de Nacho por estribor y hacia barlovento.
Me cubro rápido y audaz con la mochila, casi nos bautiza.
Seguimos y siguen los mareos, por decir algo. Un mozalbete se
revuelve en su asiento y echa el cocido a los pies de Consuelo.
Por fin, tras más de una hora de “animada”
travesía arribábamos al Porto de Santo Antao,
el llamado Porto Novo.
Por la Ribeira de Paúl.
Después
de varios días de inactividad estamos con ganas de caminar.
La isla de Santo Antao está atravesada por una imponente
cordillera en la que sobresale el “Tope de Coroa”,
el segundo “techo” de Cabo Verde. Aunque se trata
de la segunda isla más grande del archipiélago,
gran parte del territorio se encuentra deshabitado. Ello se
debe a que la parte sur de la isla es árida, desértica
y a una geografía de vértigo en la zona norte.
Los profundos y verticales valles surcan las laderas de la cordillera
hasta llegar al mar, culminando en acantilados que protegen
la isla de las furiosas olas del Atlántico. Los accesos
por carreteras son escasos y la mayor parte del territorio debe
recorrerse a pie, por senderos y caminos de montaña.
Toda una atractiva llamada para nosotros.
En
el puerto el aire sopla cálido, casi caliente pero a
medida que subimos comienza a refrescar. Nuestro “aluguer”
–furgoneta taxi- nos deja en lo alto de un puerto que
franquea la cordillera principal de la isla, en el lugar conocido
como
“Cova”,
un extinto cráter volcánico. El paisaje ha cambiado
sustancialmente, las beneficiosas nubes que los vientos del
norte empujan hacia la costa hacen brotar la vida en esta parte
de la isla donde los bosquetes de pinos se mezclan con plantas
tropicales. Comenzamos una ligera ascensión hacia Pedra
Rachada, un alto desde donde extasiados contemplamos el gran
cráter que forma la Ribeira de Paúl, un valle
que se abre abismal hasta el Atlántico. Un sendero vertiginoso
va a propiciar que descendamos 1.500 mts. de forma radical.
La increíble traza de los senderos es una de las particularidades
de Santo Antao. Una vasta red de caminos construidos
por los nativos y colonizadores portugueses hace cientos de
años posibilita que nos internemos en los
lugares más increíbles. Muchos de los senderos
están empedrados, otros siguen aéreas “levadas”
–conducciones de agua- y su construcción sirvió
para comunicar los más alejados rincones de la isla.
Algunos de ellos están excavados en la roca volcánica,
otros están colgados literalmente del vacío, pero
todos ellos construidos de forma sobria y robusta y con la amabilidad
de un sendero integrado en el medio. Muchos de estos caminos
discurren por las Ribeiras de la zona norte, donde el paisaje
fértil propicia la vida y algunos de ellos cruzan hacia
el sur, donde por las características del paisaje se
construyó el puerto principal de la isla.
Desde estas Ribeiras y a través de estos senderos los
paisanos transportaban los valiosos frutos cultivados: verduras,
hortalizas, mangos, papayas... y, como no, el famoso “grogue”
hacia el puerto sur de la isla, desde donde las mercancías
partían hacia Mindelo y a otras islas.
Entretanto,
nuestro sendero se retuerce como puede salvando el profundo
desnivel. Nos encontramos en un circo de montañas colosales
y a medida que descendemos comienza a aparecer vegetación
tropical: plataneras, árboles del pan, papayas, mangos,
cultivos escalonados en terrazas de vértigo..., aparecen
casitas tradicionales con techos de paja y a nuestro paso somos
saludados por los amables habitantes de Santo Antao, donde la
tradición dice que sus moradores son tan dulces como
la caña de azúcar que cultivan. Cultivos de caña
que se afanan alrededor del “trapiche”, especie
de alambique donde se prepara la bebida alcohólica por
excelencia, el “grogue” –un destilado a caballo
entre el aguardiente y el ron- que se ha convertido en la bebida
tradicional del archipiélago junto con los vinos de Fogo.
Bajamos
y bajamos, pasamos por pequeñas aldeas de sugestivos
nombres como Cha de Fazenda, Lombo do Merco, Boca de Figueiral,
un valle detenido en el tiempo, lugar donde encontramos a Sancho,
un francés que andaba descalzo, emulando a los lugareños,
y que vino aquí a perderse. –“Vivo del cultivo
de café y vendo algo de artesanía” . Casi
hemos descendido al nivel del mar cuando nos encontramos a Angeliño,
el chófer de nuestro aluguer, en una vuelta del sendero,
ahora convertido en pista.
Un sendero sobre el
mar.
Desde Ponta do Sol, un perdido rincón
de la isla batido por las aguas del Atlántico, nos disponemos
a realizar uno de los senderos más afamados, el que lleva
de Ponta do Sol a Cruzinhas. Una casi “imposible”
carretera adoquinada nos lleva al escondido pueblo de Fontainhas.
La carretera rodea a media altura el acantilado y antes de llegar
al pueblo se convierte en sendero, un sendero de los más
increíbles que haya visto y el que escribe conoce perdidos
caminos desde el Karakorum al Atlas. Caminamos y caminamos,
pasamos por pequeños pueblos abandonados y por aldeas
todavía habitadas. A veces el sendero está colgado
del acantilado a varios cientos de metros sobre el mar, otras
casi desciende a tocar las olas para al final después
de cuatro horas de caminata bajar a la playa de Cruzinhas. Un
baño nos alivia a estas horas del día del calor
que ya se deja sentir.
Del Pico da Cruz a los
volcanes de Morocos.
Desde el Pico da Cruz (1585 mts.) al que
se asciende cómodamente desde una pista cercana se nos
abre un fantástico mar de nubes que se descuelga en cascada
por las crestas. Son las nubes que propician la vida en la cara
norte y que se diluyen sin solución al caer hacia el
paisaje volcánico de la cara sur. Aquí, conocimos
el vasto
territorio llamado Morocos, un paisaje calcinado y de una sequedad
extrema. Plantas espinosas y acacias adornan estos solitarios
parajes. Solitarios parajes de los que huía “la
turista accidental” que encontré en Sal y que me
transportaba al recuerdo de unas hermosas frases del escritor
y alpinista francés George Sonnier que leí hace
tiempo: “...y a veces ocurre que en aquélla bienaventurada
soledad, demasiadas veces perdidas, se encuentra al fin, intacta,
al fondo de algún valle, en el camino de una montaña
sin prestigio y sin gloria.”