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Soñé
conviajar al Himalaya, vivir una aventura y... ¿quién
sabe?, incluso subir un ochomil en solitario, por una ruta nueva
y sin medios, tal y como soy yo. Y, como soy una persona de fácil
provocación, yo mismo me animé y me reté
a intentarlo.
Los preparativos en esta ocasión fueron escasos, para lo
que suele ser un viaje de este calibre. Amontoné mis materiales
de excursión y alta montaña sobre la cama y los
elegí sin más. Estudié un poco las rutas
y mapas que pude conseguir de la zona y me hice con una comida
un tanto extraña: deshidratada, polvos de todo tipo y vitaminas.
Después
de las típicas gestiones para visitar Nepal, y pagar un
pasaje de vuelo, anuncié precipitadamente mi partida, y
en dos días estaba volando sobre las nubes de mi sueño,
con un bello atardecer casi irreal que asomaba a mi ventanilla
y que me daba la bienvenida a esta nueva locura mía. Un
escalofrío recorrió mi estómago cuando aterrizábamos
en Kathmandú, sabía que aquel era el comienzo de
una gran aventura de dos meses, con riesgos asumidos que ya venían
incorporados al billete.
Pronto, en aquella ciudad oriental me hice hueco entre sus chabolas
y calles sucias para refugiarme en un no menos sucio hostal, donde
instalar mi primer centro y organizar la salida a la gran cordillera,
el "Techo del Mundo".
Me gusta ir solo, pero en esta ocasión un simpático
nepalí se ofreció para ayudarme en el porteo del
equipaje hasta las faldas del ochomil soñado.
Aquella mañana temprano, bajo una niebla irreal, y una
humedad refrescante nos embarcamos en esta aventura, que comenzó
allí mismo, en Kathmandú, al coger un bus local
donde apiñados unos con otros me fui impregnando de ese
olor tan humano y oriental.
Continuaba siendo un extranjero, y mi piel y ropas atraían
las miradas de los que como yo, viajaban apretados en aquel viejo
cacharro de la marca Tata. Las cabezas golpeaban unas con otras
sin poder evitarlo, continuamente entraban más pasajeros
en aquellas maracas de hojalata, de forma que diez más
eran impensables, pero... ¿porqué no? posibles.
Por 10 míseras rupias (27 pesetas) llegamos a Sundariyal,
donde comenzamos el treking.
Como siempre ocurre, el camino es más interesante que el
destino, y fui maravillándome de todo a cada paso, las
gentes de los valles, su sencillez, la flora, geografía,
el admirable equilibrio entre naturaleza y hombre, sus costumbres
ancestrales, y la íntima relación con sus gentes,
que me fueron enriqueciendo sin darme cuenta. Aquí no existían
las comodidades de la "civilización", pero sí,
la tranquilidad, la armonía y el relax que tanto me faltaban
allí en la urbe.
Mahabrinda mi acompañante, hizo de traductor estupendamente,
no siendo así como porteador, ya que su físico no
le permitía demasiado, por lo que terminé pasándome
yo la carga en su mayoría.
Nos fuimos adentrando en las montañas, siendo cada vez
más interesante la convivencia con sus gentes y la visita
de sus pequeñas poblaciones cada vez más aisladas.
Fueron aumentando nuestras incógnitas sobre el camino que
nos restaba y que iba revelándonos lentamente sus secretos.
Los lugareños hablaban mal del camino que elegimos, contaban
de bandoleros en el paso de alta montaña, y de muertes
o desaparecidos en tan difícil paso, zona poco transitada
y de fácil pérdida, lo cual asustaba crecientemente
a Mahabrinda. Yo no me preocupé en exceso ya que, esas
no debían ser tomadas como dificultades comparadas con
el ochomil que me esperaba.
Mi tenacidad a veces es cabezonería, y no modifiqué
mis planes ante tales advertencias, ya que podía ser a
su vez un cebo para que contratase un guía local, cosa
que tampoco mi bolsillo podía permitirse, y menos aún,
mi orgullo.
Ascendimos así a los 3.500 metros para dormir en territorio
de los bandoleros que atracaban los caminos, entre una espesa
niebla que se transformó en pesada y continua lluvia. Empapados,
nos refugiamos en una ruinosa casa vieja con tan solo medio techo
de ramas imbricadas, donde decidimos pasar la noche antes de intentar
el paso de 5.200 metros al siguiente día. Al poco tiempo
un sospechoso apareció entre la niebla y lluvia, y algo
inquieto, dijo que vendría dentro de un rato con unos familiares
para dormir allí mismo y hacernos compañía.
Mahabrinda creyó por sus palabras que podían ser
uno de los bandoleros, ya que empuñaba un gran y bello
machete, típico de estos grupos me explicó, por
lo que me instó a cambiar nuestro mojado e improvisado
campamento para que no nos encontrasen aquella solitaria noche.
A la mañana siguiente, tras dormir junto a mi afilado piolet
técnico y con un ojo siempre entreabierto, partimos hacia
el peligroso paso, por caminos confusos y una espesa niebla fantasmal
donde sería difícil encontrarnos incluso para los
bandoleros, tan solo los cuervos hacían eco de nuestra
presencia y le daban un toque aun más misterioso a aquel
paisaje de encanto y suspense.
El mapa marcaba una ruta que no encontrábamos del todo
clara, algo fallaba, subimos y bajamos aquel duro sendero en zig-zag.
Continuábamos sumergidos en aquella densa niebla, donde
era fácil perderse incluso en nuestro mismísimo
"cuarto de baño", por lo que decidí bajar
acortando para encontrar de nuevo el camino general y retomar
la vía correcta. Pero... acortar allí, ¡no
es como en España!. El bosque llega hasta los 4.000 metros
y la vegetación no es solo exuberante, es abrumadora e
impenetrable. El grandioso y omnipresente bambú, ortigas
de varios metros y numerosas hierbas húmedas tapizaban
un fértil suelo de fuerte pendiente resbaladiza, que con
la incesante lluvia se convertía en toda una pista de eski.
Los árboles tapaban el cielo por completo en esa lucha
tropical por la luz, tejiendo junto con las trepadoras una red
que no dejaba ver el sol, donde ni siquiera podías saber
lo que había al otro lado del estrecho valle o si venían
más o menos nubes para pronosticar las próximas
horas u orientarte.
Los ánimos fueron decayendo conforme las energías
se agotaban, las horas pasaron lentas, empapados bajo aquella
incesante lluvia fría, al tiempo que bajábamos a
trompicones por aquella jungla. Caídas continuas, resbalones
y jadeo fue la nota predominante, pero las huellas de un posible
camino, o resto humano, no aparecían. Mi altímetro
me indicaba ya una altura por debajo del esperado sendero. Aunque
me costó reconocerlo, tuve que decirlo, y bien claro "estábamos
perdidos", aunque si seguíamos bajando, llegaremos
a otro sendero junto al río.
El Yangri Khola nos tendió su trampa, y salir de ella debía
ser complicado, lo sabíamos. Hablamos en tono sincero sobre
que una pequeña lesión, rotura de un hueso o herida
grave significaría la muerte segura, de forma que debíamos
andar con más cuidado.
Llegó la noche, y la desesperación posó sus
garras sobre nosotros, y eso nos hizo pensar e imaginar lo peor.
La hipotermia se hacía con nuestros pobres cuerpos mojados,
haciéndonos temblar descontroladamente, y mostrándonos
una patética imagen de nosotros mismos que acentuaba nuestros
malos presagios.
Intentamos sobreponernos y buscar un sitio para dormir, en aquel
territorio donde el rey era el oso, y al cual no habíamos
pedido permiso, por lo que sabíamos haría acto de
presencia reivindicando sus derechos y pagos tarde o temprano.
Sin embargo el animal que nos sorprendería aquella noche
no era tan grande. Al desnudarnos para meternos juntos en la diminuta
funda de vivac con varilla de una sola plaza, y estar algo "secos"
¡si es que era posible! en aquellas condiciones de humedad
saturadora, descubrimos con horror nuestras piernas llenas de
sanguijuelas, abdomen y alguna que otra en antebrazos y espalda.
Eran muy diversas, las había negras muy chicas, del tamaño
de un piñón, pasando por tamaños medios hasta
las de colorines listados que como un dedo: largas y gruesas,
ya estaban bien gorditas a costa de chuparnos la sangre. Fuimos
arrancándonoslas con las manos, uno a otro, como dos chimpancés
se quitan los parásitos. Eran difíciles de arrancar
y había que agarrar bien sus resbalosos y viscosos cuerpos
metiendo con dificultad el dedo entre las dos ventosas para soltar
sus mandíbulas de nuestra piel y tirar de ellas para despegarlas
haciéndoles soltar sus bien sujetas mandíbulas.
Al extraerlas, sangrábamos sin cesar por acción
de los anticoagulantes que inyectan.
Los dos cuerpos destrozados y desnudos nos metimos en la agobiante
tela de la funda de vivac. Yo venía preparado para alta
montaña, ¡no para la jungla tropical!, por lo que
no llevaba agua. Habíamos bebido muy poco durante el día,
y solo cominos unas chocolatinas que llevaba al atardecer. Caímos
a los brazos de un incómodo Morfeo, que nos apretaba y
zarandeaba. Afuera las ropas mojadas, el frío de la noche,
y la continua y devastadora lluvia. Aquella noche, pensé,
no la olvidaría jamás, si es que la conseguía
pasar y salir de allí, pensamientos que a pesar de mi intenso
cansancio no me dejaban dormir, acelerándome la mente y
consecuentemente la respiración. El cuerpo frío
de mi compañero se apretaba contra el mío en incómodas
posturas que se dirían más típicas de una
pareja de tortolitos que de dos aventureros desesperados. Las
palabras no rompieron la oscuridad de la noche, había poco
que decir, todo sería empeorar las perspectivas y desanimar
aun más si era posible. Intentar conciliar el sueño
para recuperar fuerzas me desesperaba y los ojos se abrían
solos como una ventana rebelde. Una noche sin duda larga e incómoda
me esperaba, en la que era inevitable recordar las agradables
y reconfortantes siestas bajo un primaveral sol cálido
en mi país.
Con timidez apareció la luz de un nuevo día, que
en este caso implicaba mucho, pues aun "seguíamos
vivos", teníamos nuevas esperanzas que se traducían
en 9 horas de luz para encontrar nuestra salvación.
Salir de aquella condensada funda de vivac perdía atractivo
al saber que debíamos enfrentarnos a la desagradable experiencia
de vestirnos con ropas chorreando y frías, además
de manejarlas con nuestras rajadas y doloridas manos, así
como calentarlas con las escasas energías de nuestros debilitados
cuerpos. Reunimos valor y nos lanzamos a la dura y odiosa tarea.
Me escocían las miles de heridas abiertas en las manos,
las costras de sangre de las sanguijuelas entristecían
el panorama, y el frío nos hacía parecer pajarillos
apunto de morir. Temblorosos rehicimos las mochilas donde para
mayor desánimo mío descubrí que había
perdido mi piolet técnico, probablemente enganchado anoche
en una de las miles de ramas que atravesé cuando como un
insecto desesperado intentaba atravesar una tela de araña.
Enseguida retomamos el paso para ir calentándonos y continuamos
bajando para cruzarnos con el esperado camino junto al río.
A nuestro lado derecho, observaba una pared extraplomada y temible
que se reía socarronamente de nosotros, pero el rugir del
río Yangri Khola se escuchaba cada vez más cerca
y con ello crecían nuestras esperanzas. Tuvimos que cruzar
una gélida zona encharcada de agua que nos llegaba hasta
el pecho, para alcanzar con grandes dificultades la verdadera
orilla del grueso río, donde todo se derrumbó ante
nosotros como me temía. NADA.
Un cauce de una furia y volumen asombroso que intentar atravesarlo
sería un suicidio más asegurado que tirarse de un
octavo piso, ningún camino ni huella, una pared a la derecha
lisa e inescalable que se introducía vertical en las violentas
aguas turbias, mojada por aquella eterna lluvia y que nuestra
pésima condición física no podría
afrontar. Las mochilas empapadas de agua nos desmoronaron los
ánimos y Mahabrinda calló sobre el humus donde comenzó
a llorar ante lo evidente. Estábamos destrozados, observé
el mapa demasiado mojado ya. No había más solución
que volver por la fuerte e imposible pendiente que nos había
escupido a resbalones por metros sin parada controlada en sus
faldas hasta aquella recóndita isla desierta en medio de
la selva. Una trampa impensable, cruel, como un agujero resbaloso
del que es imposible salir para unos ratones desfallecidos. ¿Cómo
podríamos afrontar tal subida?. Intenté animarlo,
al tiempo que me animaba a mi mismo, pero mi insinceridad me delataba,
yo también pensaba que uno de nosotros moriría pronto,
casi seguro, el otro seguidamente, quizás un día
más tarde.
Aun así, me levanté, le grité con coraje
y comenzamos la imposible labor, no quería rendirme, y
no lo iba hacer, quería morir en el intento, me consideraba
un aventurero extremo y sería capaz de soportar la agonía
de la espera o el dejarme coger por la muerte sin luchar. Nadie,
más que nosotros mismos, nos podría sacar de allí.
Desenfundé mi segundo piolet para acometer la escalada
en barro, ramas y raíces resbalosas. Con esfuerzos denodados,
a base de tropiezos, fuimos ascendiendo y escalando el bosque
con desmoralizadora lentitud. Mahabrinda rompió una de
sus botas y las ropas rajadas acentuaban la catastrófica
imagen. Saqué la cámara y le hice una foto para
animarlo intentando restar importancia a la grave situación,
y le fui contando mis aventuras similares a ésta, con final
feliz, que ya antes tuve, aunque no le dije del todo la verdad
¡claro!, ninguna había sido tan larga y aisladamente
peligrosa como ésta, nunca me había asomado tanto
al vacío, jamás tan cerca del mismísimo verdugo.
Aquella era la peor en cuanto a expectativas, con diferencia.
Aun así, hizo efecto, pareció animarse un poco,
y cuando encontramos el rellano sin plantas sonrió y gritó
desconsoladamente pidiendo ayuda en su idioma. Mi cara sin embargo
era de asombro y miedo, "esto no era humano" susurré,
debía ser un animal enorme,... un oso. Algunas garrapatas
rayadas y enormes me lo confirmaron al morderme agresivamente
en el costado. Se lo anuncié con precipitación a
mi compañero al tiempo que me las arrancaba y las lanzaba
lejos asqueado y enfadado. Corrimos, si es que se puede decir
correr a aquel paso torpe a caídas y a cuatro patas, para
alejarnos al tiempo que un brusco movimiento de fuerza descomunal
nos advertía de la presencia del dueño de aquella
obra entre la maleza, el oso. Por gracia en aquella ocasión,
no se mostró ante nosotros y pudimos alejarnos, con gritos
despavoridos y continuos de Mahabrinmda y yo pidiendo auxilio
que se ahogaban en el rugir constante del estruendoso río
glaciar Yangri Khola, pero que servían de repelente al
temido animal. En la oscuridad del atardecer seguíamos
en una empinada ladera, destrozados física y psicológicamente.
Subíamos y bajábamos sin sentido como dos locos
por aquella perdida selva, cuando un grito me hizo despertar de
mi somnolente deambular. ¡¡Mahabrindaaaa!!! Grité
con un nudo en la garganta, lo había visto caer con cara
despavorida 4 metros abajo dando dos mortales y medio hacia atrás.
Me deshice de mi mochila y bajé al tiempo que gritaba para
intentar socorrerle: ¡¡Mahabrinda!!! grité
de nuevo, ya cerca vi como había sido frenado por un árbol
que parecía haberle partido en dos. La mochila amortiguó
algo el golpe, pero había perdido el conocimiento. Pasaron
unos segundos eternos, sentí, que yo lo había arrastrado
hasta aquel lúgubre lugar, para luego matarlo con mi irresponsabilidad,
una culpabilidad que pesaría los días restantes
de mi vida, que quizás no fuese demasiado larga. Volvió
en si, sin saber si todo había sido un mal sueño,
pero pronto, al mirar hacia el entramado techo que nos cubría,
regresó a la inquisitoria realidad, era peor que una pesadilla,
realmente estaba metido hasta el cuello en aquella tragedia. Se
levantó tambaleante y asombrado de tener todo su cuerpo
entero, sin roturas de huesos. Se dio cuenta de lo sucedido y
estalló en llanto desconsolado, balbuceando su pobre inglés
en el que, entre otras cosas, me pedía acampar ya, pues
no podía seguir ni un paso más por hoy.
Antes de continuar miró al suelo en búsqueda y me
dijo que le había sido arrancado el reloj durante la fuerte
caída, un reloj de enorme valor sentimental y económico
para él, regalo de su padre. Callado, asintiendo con la
cabeza, saqué mi gastado frontal de luz pálida ya.
En una escarpada paré, bajo la lluvia, dos sombras de lo
que habían sido dos fuertes trekers hacía tan solo
tres días, desnudaban sus esqueléticos y temblorosos
cuerpos y se quitaban las numerosas sanguijuelas una vez más.
Una experiencia tan cercana a un nepalí era algo que anhelaba
al venir aquí, ahora, siendo sincero y egoísta,
me sobraba en aquella pequeña tienda. De nuevo repetíamos
la horrible experiencia de meternos temblando en la apretada funda
de vivac, esta vez con un saco frío y mojado, pero con
algo de agua para beber recogida en el río más dos
chocolatinas por persona, "algo es algo" dije, saboreando
la golosina. Afuera las sombras y la duda de todo el destino;
¿aguantaríamos una noche más la hipotermia?,
¿despertaríamos junto a un fiambre, o sería
yo mismo el que nunca despertaría?. Las sanguijuelas podrían
haberme introducido una enfermedad tropical de las que derrumba
un elefante en horas, o el oso, al fin, haría acto de presencia
y devoraría la tienda sin siquiera abrirla para separarnos
y tragarnos por separado, dándonos alguna oportunidad.
Sin embargo, esta vez caímos dormidos al instante a pesar
de lo retorcidos que nos encontrábamos allí dentro.
Un estruendo nos sobresaltó de pronto en mitad de la noche.
¡No podía ser!, ¿una avalancha aquí?.
La tierra temblaba, era como un terremoto. Un fuerte desprendimiento
de la pared del otro lado del río caía al fondo
de las aguas con fuerza incalculable. Con un tiriteo muy preocupante
ya, Mahabrinda destensó sus músculos para intentar
seguir durmiendo. Los sonidos de la noche indicaban que el bosque
estaba aun más vivo en la oscuridad que durante el día,
que aquí fuera de esta fina tela había un mundo
desconocido que nos acechaba, y que tarde o temprano nos atraparía
y devoraría sin dejar rastro ninguno, más que los
metales de nuestras mochilas durante algún tiempo. Intenté
yo también descansar algo más, esperando esta vez
que fuese sin interrupción a pesar de la incómoda
situación, todo pegajoso, mojados, fríos, sucios
y embarrados...siendo la adrenalina la que me impedía dormir
a pesar de mi cansancio.
De nuevo, como un milagro más, amaneció. Me dolían
todos los huesos, los afligidos músculos, la cara y las
manos. Enfrentarnos a la ropa mojada otra vez, fue un sacrificio
al que era difícil acostumbrarse. Las doloridas manos estaban
hinchadas, inflamadas, y apenas podíamos vestirnos. "Hoy
debe ser el día", dijo Mahabrinda, "no creo poder
resistir una noche más", añadió mirándome
fijamente con mirada de niño perdido, con los hombros caídos
hacia delante y cuerpo derrotado. Le coloqué la mano por
encima del hombro y sonreí, dándole unas palmadas
en señal de apoyo. Las piernas le temblaban a cada paso,
aun estaba impactado por la horrible caída de ayer. Proseguimos
con nuestra absurda travesía, esta vez con un "buen
plan" le dije, atravesando en la dirección que anoche
entre pesadillas soñé. Sin palabras progresábamos
con lentitud, una barrera de ortigas impresionantes nos cortaba
el paso en la dirección elegida, bajar era temible y subir
un rompepiernas para cualquiera en buenas condiciones, un imposible
para nosotros, una suma de dificultades extremas que empezaba
a ser demasiado frecuentes y que acabaría con nosotros,
con nuestras fuerzas, ánimos y por lo tanto con nuestras
vidas. 
Sin más solución, estábamos otra vez descendiendo,
aunque ya sorteado el obstáculo de piedra de ¡dos
días antes!. La muerte acechaba cerca y lo sabíamos.
Una zancadilla de bambú me hizo tropezar, y el vació
se abrió ante mi, haciéndome dar una vuelta y media
como una campanada espectacular. Esta vez era yo el que volaba
peligrosamente y el que no respondía a los gritos de Mahabrinda
en mi auxilio. Por suerte no fue más que un susto. Al caer
metí la mano entre las hierbas y toqué, ¡un
metal!!, una lata oxidada nos devolvía las esperanzas;
-¡algún humano estuvo por aquí hace ya tiempo,
debemos estar cerca de algo!. Jadeantes, descubrimos que avanzábamos
mejor, las laderas eran algo más suaves y los bosques menos
apretados. Mi ímpetu me hacía avanzar como un desesperado
dejando atrás a mi compañero que exhausto no paraba
de gritar pidiendo auxilio o pidiendo que le esperase. El cansancio
suele traer mal humor, y en mi caso fueron ganas de perderlo o
matarlo para comérmelo, cosa que ya antes había
mascullado como último recurso ante la ausencia de alimentos
de reserva ya en nuestras mochilas, recordando la experiencia
leída en "Viven". Pero debía contener
mi instinto animal, y así lo hacía con éxito
hasta el momento, llegando a ser incluso demasiado humano, como
un pastor cuida a sus ovejas antes de sacrificarlas. Los pensamientos
se apelotonaban en mi mente, las imágenes de seres queridos,
del pasado, y de un probable futuro catastrófico rondaban
mi mente durante las largas marchas agotadoras que me hacían
entrar en un trance mental donde continuar era la frase que me
repetía una y otra vez. Sumergido en aquella selva de pensamientos
me paré ante una ventana, un claro en el bosque que me
atrajo y me facilitó una atalaya desde la que divisar los
alrededores. Con mirada detenida, perdida, imaginé y soñé
con que aquella borrosa línea allí abajo, pudiese
ser un sendero viejo. A los diez minutos, con ruido de hojarasca
de algo que se arrastra como un reptil llegó Mahabrinda
a la pequeña repisa soleada, sonriendo amarga y desesperadamente.
Miró aquel sueño mío que le señalaba
sin palabras. Coincidió intuyendo algo, "podía
ser". Éramos dos soñadores que querían
ver lo que no existía, típico de personas que se
encuentran en una situación sin salida y que no quieren
enfrentarse a la realidad; así somos los humanos a veces.
Aun así bajamos en su búsqueda y aunque no encontramos
el sendero, si que renovamos las esperanzas, y las fuerzas bebiendo
y comiendo unos picos que me quedaban junto a un arroyo fresco
surgido de las profundidades.
Los descansos eran cada vez más frecuentes y más
largos. Nuestras reservas estaban claramente agotadas y subir
cincuenta metros era un reto casi inalcanzable, estábamos
condenados sin posible redención.
Unos rayos del sol se colaban por la bien tejida maraña
vegetal y alcanzaban el rostro de Mahabrinda allí tirado,
"descansando". Lo observaba hacía rato, se quedaba
dormido con demasiada facilidad y frecuencia, le había
visto cerrar los ojos incluso de pié cuando se apoyaba
en los árboles para recuperar el aire. Yo lo miraba como
a un espejo, viendo en mi los mismo. Clara y objetivamente estábamos
acabados.
Mareado, me puse en pie y desperté a Mahabrinda, en una
última coleteada del pez que se asfixia inevitablemente.
Una huella animal nos permitió avanzar algo más
rápidos, aunque torpes, y tras varias curvas, una visión,
un espejismo, un sendero sin vegetación, estrecho, pero
sendero humano, ya que había unos palos de protección
atados con cinta vegetal. No dije nada, me senté junto
a él sobre una musgosa piedra, esperando a Mahabrinda para
celebrarlo juntos, controlando la euforia interior. Un mísero
sendero, significaba probablemente nuestro pasaje de vuelta a
la vida.
Mi compañero tardaba demasiado, no lo escuchaba si quiera.
Pensé tristemente que lo había perdido, que incluso
era culpa mía, quizás lo habría hecho a propósito
para quitarme un peso de encima, una gran falta de compañerismo,
no sé, todo eran tinieblas, me estaba quedando dormido.
Pasaron momentos eternos, incalculables, confundiendo sueño
y realidad. Comencé a vociferar su nombre para intentar
orientarlo o despertarlo si es que me podía escuchar, al
tiempo que me mantenía yo mismo consciente, pero sin mediar
palabra apareció ante mi.
Ilusionados caminamos varias horas más parando muy a menudo,
comentando las adversidades y nuestra superación, ya nos
sentíamos seguros. Nos quitábamos las sanguijuelas
con una sonrisa en los labios, como algo cotidiano sin importancia,
incluso las observaba con curiosidad mientras reposaba mi condolido
cuerpo. Y, tras una pronunciada curva, ya desgastada del uso,
un templo budista en reconstrucción al fondo, una imagen
que quedaría grabada en mi memoria por siempre y ante la
cual quedé frenado como una estatua, creyendo quizás,
en que fuese un espejismo, y que aun seguíamos perdidos
por completo. Nos fuimos acercando al tiempo que caía el
día, y ya en sus paredes de piedra vimos al primer ser
humano en mucho tiempo. Me senté en una piedra frente al
anciano, esperando a Mahabrinda. El señor me observaba
curioso y sorprendido. No hacía falta traducción
de lo que nos había sucedido, por lo que antes de que llegase
Mahabrinda ya me invitó a pasar a una choza de piedras
con más agujeros que un colador, donde en una hoguera humeante
(las chimeneas no existían aquí) cocía unas
patatas. Un techo con troncos retorcidos como vigas sujetaba unas
pizarras que lo aislasen un poco de la pesada lluvia. Entré
y me desplomé al tiempo que dejaba mi mochila, acercándome
a aquel cálido fuego, de gran significado para mi. El viejo
que nos atendió era un hombre serio de pocas palabras,
con la cara arrugada, y curtida. Unos sacos en el suelo hacían
de cama en la que pasaríamos una holgada noche. A pesar
de mi cansancio, me recosté junto a Mahabrinda, y escuché
como éste entraba en sueño profundo sin mediar palabra
ni alterarse por los roedores que peleaban en las vigas sobre
nuestras cabezas, en posible disputa por el arroz robado del saco
que a nuestros pies yacía. Observé al viejo como
con parsimonia, a la ténue luz de la hoguera comía
un poco, inalterado también por el alboroto ocasional de
los ratones, y cómo desenredaba el roído y sucio
trapo que liado de forma curiosa le hacía de vestimenta.
Escuché entusiasmado y extasiado como rezaba unas oraciones
al tiempo que se untaba un mejunje aceitoso por todo su cuerpo
desnudo, arrugado, enclenque y distinto para mi. De fondo sonaban
las trompetas graves y quejumbrosas del templo budista, como un
berrido de un ciervo en medio del bosque, resonando con lúgubre
misterio. Me sentía en otro planeta, en un ambiente excepcionalmente
rico de pequeños detalles que saturaban mis sentidos. Con
mirada perdida en el fondo del fuego, reflexioné sobre
la vida de estas gentes, sobre el significado de una muerte, del
final en una de sus vidas o en la cercana extinción de
una de las nuestras. El mundo hubieses seguido, por supuesto,
mi vida significaba poco, era lo único que tenía,
y había estado apunto de perderla. Calibrando el valor
de las vidas que allí reposábamos aquella noche,
compartiendo choza, caí dormido en un profundo sueño.

Desperté condolido ante unos rallos de luz que atravesaban
mis párpados, pero no quise abrir los ojos. Notaba como
Mahabrinda, apretado a mi, se retorcía. Hacía frío
y todo estaba húmedo, no quería ni pensar en que
todo había sido un sueño cruel, no quería
volver a la dura realidad; salir de nuevo de la tienda y ponerme
la helada ropa, caminar sin sentido tropezando de agotamiento
y recogiendo sanguijuelas para alimentarlas involuntariamente
desgastando mis fuerzas para morir finalmente desfallecido entre
los bambúes, con los ojos abiertos mientras los pequeños
animales del bosque me comían vivo. Saqué la mano
poco a poco del mojado saco para palpar mi alrededor y descubrir
la realidad lentamente. Conforme ganaba centímetros, la
esperanza crecía en mi interior, con valor abrí
los ojos, y no fue el azul de la tienda quien me recibió
esa mañana, era el sucio y desmoronado techo de la caseta
de anoche. ¡Que alegría!
Convivimos un día más en esta aldea de cinco habitantes,
donde todo era paz, y no existían las prisas. Nos dedicamos
a secar nuestras ropas y recomponernos un poco. Nos explicaron
como salir de allí camino de la civilización, ya
que nosotros pertenecíamos a ella, sin embargo, "ellos
no", según el patriarca del lugar. A la mañana
siguiente cuando llegó la hora de partir, miré hacia
atrás, y sentí envidia de aquellas personas. Sus
habitantes seguían sus cotidianas labores sin prestar atención,
les bastaba así.
Pero alegre de estar vivo, respiré hondo y retomé
mi sendero, que yo mismo elegí. Mahabrinda cojeaba como
secuela de los días anteriores, se paró y me observó,
leyendo la tristeza en mis ojos al mirar atrás, por lo
que me dijo en su pobre inglés: "no te preocupes por
el piolet y el reloj, las cosas son cosas, y se pueden comprar
de nuevo, la vida no".
Miguel A. Torrecillas Méndez
(Nepal, Octubre 2.001)
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