F.A.M.
 
  Revista de la Federación Andaluza de Montañismo
© Collado Sur             Edición nº 11 
El camino, más interesante que el destino
 
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E.A.A.M.
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A.I.M. 2002
Alpes 2002
El Camino....
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Soñé conviajar al Himalaya, vivir una aventura y... ¿quién sabe?, incluso subir un ochomil en solitario, por una ruta nueva y sin medios, tal y como soy yo. Y, como soy una persona de fácil provocación, yo mismo me animé y me reté a intentarlo.
Los preparativos en esta ocasión fueron escasos, para lo que suele ser un viaje de este calibre. Amontoné mis materiales de excursión y alta montaña sobre la cama y los elegí sin más. Estudié un poco las rutas y mapas que pude conseguir de la zona y me hice con una comida un tanto extraña: deshidratada, polvos de todo tipo y vitaminas.
Después de las típicas gestiones para visitar Nepal, y pagar un pasaje de vuelo, anuncié precipitadamente mi partida, y en dos días estaba volando sobre las nubes de mi sueño, con un bello atardecer casi irreal que asomaba a mi ventanilla y que me daba la bienvenida a esta nueva locura mía. Un escalofrío recorrió mi estómago cuando aterrizábamos en Kathmandú, sabía que aquel era el comienzo de una gran aventura de dos meses, con riesgos asumidos que ya venían incorporados al billete.
Pronto, en aquella ciudad oriental me hice hueco entre sus chabolas y calles sucias para refugiarme en un no menos sucio hostal, donde instalar mi primer centro y organizar la salida a la gran cordillera, el "Techo del Mundo".
Me gusta ir solo, pero en esta ocasión un simpático nepalí se ofreció para ayudarme en el porteo del equipaje hasta las faldas del ochomil soñado.

Aquella mañana temprano, bajo una niebla irreal, y una humedad refrescante nos embarcamos en esta aventura, que comenzó allí mismo, en Kathmandú, al coger un bus local donde apiñados unos con otros me fui impregnando de ese olor tan humano y oriental.
Continuaba siendo un extranjero, y mi piel y ropas atraían las miradas de los que como yo, viajaban apretados en aquel viejo cacharro de la marca Tata. Las cabezas golpeaban unas con otras sin poder evitarlo, continuamente entraban más pasajeros en aquellas maracas de hojalata, de forma que diez más eran impensables, pero... ¿porqué no? posibles. Por 10 míseras rupias (27 pesetas) llegamos a Sundariyal, donde comenzamos el treking.
Como siempre ocurre, el camino es más interesante que el destino, y fui maravillándome de todo a cada paso, las gentes de los valles, su sencillez, la flora, geografía, el admirable equilibrio entre naturaleza y hombre, sus costumbres ancestrales, y la íntima relación con sus gentes, que me fueron enriqueciendo sin darme cuenta. Aquí no existían las comodidades de la "civilización", pero sí, la tranquilidad, la armonía y el relax que tanto me faltaban allí en la urbe.
Mahabrinda mi acompañante, hizo de traductor estupendamente, no siendo así como porteador, ya que su físico no le permitía demasiado, por lo que terminé pasándome yo la carga en su mayoría.
Nos fuimos adentrando en las montañas, siendo cada vez más interesante la convivencia con sus gentes y la visita de sus pequeñas poblaciones cada vez más aisladas. Fueron aumentando nuestras incógnitas sobre el camino que nos restaba y que iba revelándonos lentamente sus secretos. Los lugareños hablaban mal del camino que elegimos, contaban de bandoleros en el paso de alta montaña, y de muertes o desaparecidos en tan difícil paso, zona poco transitada y de fácil pérdida, lo cual asustaba crecientemente a Mahabrinda. Yo no me preocupé en exceso ya que, esas no debían ser tomadas como dificultades comparadas con el ochomil que me esperaba.
Mi tenacidad a veces es cabezonería, y no modifiqué mis planes ante tales advertencias, ya que podía ser a su vez un cebo para que contratase un guía local, cosa que tampoco mi bolsillo podía permitirse, y menos aún, mi orgullo.
Ascendimos así a los 3.500 metros para dormir en territorio de los bandoleros que atracaban los caminos, entre una espesa niebla que se transformó en pesada y continua lluvia. Empapados, nos refugiamos en una ruinosa casa vieja con tan solo medio techo de ramas imbricadas, donde decidimos pasar la noche antes de intentar el paso de 5.200 metros al siguiente día. Al poco tiempo un sospechoso apareció entre la niebla y lluvia, y algo inquieto, dijo que vendría dentro de un rato con unos familiares para dormir allí mismo y hacernos compañía. Mahabrinda creyó por sus palabras que podían ser uno de los bandoleros, ya que empuñaba un gran y bello machete, típico de estos grupos me explicó, por lo que me instó a cambiar nuestro mojado e improvisado campamento para que no nos encontrasen aquella solitaria noche. A la mañana siguiente, tras dormir junto a mi afilado piolet técnico y con un ojo siempre entreabierto, partimos hacia el peligroso paso, por caminos confusos y una espesa niebla fantasmal donde sería difícil encontrarnos incluso para los bandoleros, tan solo los cuervos hacían eco de nuestra presencia y le daban un toque aun más misterioso a aquel paisaje de encanto y suspense.
El mapa marcaba una ruta que no encontrábamos del todo clara, algo fallaba, subimos y bajamos aquel duro sendero en zig-zag. Continuábamos sumergidos en aquella densa niebla, donde era fácil perderse incluso en nuestro mismísimo "cuarto de baño", por lo que decidí bajar acortando para encontrar de nuevo el camino general y retomar la vía correcta. Pero... acortar allí, ¡no es como en España!. El bosque llega hasta los 4.000 metros y la vegetación no es solo exuberante, es abrumadora e impenetrable. El grandioso y omnipresente bambú, ortigas de varios metros y numerosas hierbas húmedas tapizaban un fértil suelo de fuerte pendiente resbaladiza, que con la incesante lluvia se convertía en toda una pista de eski. Los árboles tapaban el cielo por completo en esa lucha tropical por la luz, tejiendo junto con las trepadoras una red que no dejaba ver el sol, donde ni siquiera podías saber lo que había al otro lado del estrecho valle o si venían más o menos nubes para pronosticar las próximas horas u orientarte.
Los ánimos fueron decayendo conforme las energías se agotaban, las horas pasaron lentas, empapados bajo aquella incesante lluvia fría, al tiempo que bajábamos a trompicones por aquella jungla. Caídas continuas, resbalones y jadeo fue la nota predominante, pero las huellas de un posible camino, o resto humano, no aparecían. Mi altímetro me indicaba ya una altura por debajo del esperado sendero. Aunque me costó reconocerlo, tuve que decirlo, y bien claro "estábamos perdidos", aunque si seguíamos bajando, llegaremos a otro sendero junto al río.
El Yangri Khola nos tendió su trampa, y salir de ella debía ser complicado, lo sabíamos. Hablamos en tono sincero sobre que una pequeña lesión, rotura de un hueso o herida grave significaría la muerte segura, de forma que debíamos andar con más cuidado.
Llegó la noche, y la desesperación posó sus garras sobre nosotros, y eso nos hizo pensar e imaginar lo peor. La hipotermia se hacía con nuestros pobres cuerpos mojados, haciéndonos temblar descontroladamente, y mostrándonos una patética imagen de nosotros mismos que acentuaba nuestros malos presagios.
Intentamos sobreponernos y buscar un sitio para dormir, en aquel territorio donde el rey era el oso, y al cual no habíamos pedido permiso, por lo que sabíamos haría acto de presencia reivindicando sus derechos y pagos tarde o temprano. Sin embargo el animal que nos sorprendería aquella noche no era tan grande. Al desnudarnos para meternos juntos en la diminuta funda de vivac con varilla de una sola plaza, y estar algo "secos" ¡si es que era posible! en aquellas condiciones de humedad saturadora, descubrimos con horror nuestras piernas llenas de sanguijuelas, abdomen y alguna que otra en antebrazos y espalda. Eran muy diversas, las había negras muy chicas, del tamaño de un piñón, pasando por tamaños medios hasta las de colorines listados que como un dedo: largas y gruesas, ya estaban bien gorditas a costa de chuparnos la sangre. Fuimos arrancándonoslas con las manos, uno a otro, como dos chimpancés se quitan los parásitos. Eran difíciles de arrancar y había que agarrar bien sus resbalosos y viscosos cuerpos metiendo con dificultad el dedo entre las dos ventosas para soltar sus mandíbulas de nuestra piel y tirar de ellas para despegarlas haciéndoles soltar sus bien sujetas mandíbulas. Al extraerlas, sangrábamos sin cesar por acción de los anticoagulantes que inyectan. Los dos cuerpos destrozados y desnudos nos metimos en la agobiante tela de la funda de vivac. Yo venía preparado para alta montaña, ¡no para la jungla tropical!, por lo que no llevaba agua. Habíamos bebido muy poco durante el día, y solo cominos unas chocolatinas que llevaba al atardecer. Caímos a los brazos de un incómodo Morfeo, que nos apretaba y zarandeaba. Afuera las ropas mojadas, el frío de la noche, y la continua y devastadora lluvia. Aquella noche, pensé, no la olvidaría jamás, si es que la conseguía pasar y salir de allí, pensamientos que a pesar de mi intenso cansancio no me dejaban dormir, acelerándome la mente y consecuentemente la respiración. El cuerpo frío de mi compañero se apretaba contra el mío en incómodas posturas que se dirían más típicas de una pareja de tortolitos que de dos aventureros desesperados. Las palabras no rompieron la oscuridad de la noche, había poco que decir, todo sería empeorar las perspectivas y desanimar aun más si era posible. Intentar conciliar el sueño para recuperar fuerzas me desesperaba y los ojos se abrían solos como una ventana rebelde. Una noche sin duda larga e incómoda me esperaba, en la que era inevitable recordar las agradables y reconfortantes siestas bajo un primaveral sol cálido en mi país.

Con timidez apareció la luz de un nuevo día, que en este caso implicaba mucho, pues aun "seguíamos vivos", teníamos nuevas esperanzas que se traducían en 9 horas de luz para encontrar nuestra salvación.
Salir de aquella condensada funda de vivac perdía atractivo al saber que debíamos enfrentarnos a la desagradable experiencia de vestirnos con ropas chorreando y frías, además de manejarlas con nuestras rajadas y doloridas manos, así como calentarlas con las escasas energías de nuestros debilitados cuerpos. Reunimos valor y nos lanzamos a la dura y odiosa tarea. Me escocían las miles de heridas abiertas en las manos, las costras de sangre de las sanguijuelas entristecían el panorama, y el frío nos hacía parecer pajarillos apunto de morir. Temblorosos rehicimos las mochilas donde para mayor desánimo mío descubrí que había perdido mi piolet técnico, probablemente enganchado anoche en una de las miles de ramas que atravesé cuando como un insecto desesperado intentaba atravesar una tela de araña.
Enseguida retomamos el paso para ir calentándonos y continuamos bajando para cruzarnos con el esperado camino junto al río. A nuestro lado derecho, observaba una pared extraplomada y temible que se reía socarronamente de nosotros, pero el rugir del río Yangri Khola se escuchaba cada vez más cerca y con ello crecían nuestras esperanzas. Tuvimos que cruzar una gélida zona encharcada de agua que nos llegaba hasta el pecho, para alcanzar con grandes dificultades la verdadera orilla del grueso río, donde todo se derrumbó ante nosotros como me temía. NADA.
Un cauce de una furia y volumen asombroso que intentar atravesarlo sería un suicidio más asegurado que tirarse de un octavo piso, ningún camino ni huella, una pared a la derecha lisa e inescalable que se introducía vertical en las violentas aguas turbias, mojada por aquella eterna lluvia y que nuestra pésima condición física no podría afrontar. Las mochilas empapadas de agua nos desmoronaron los ánimos y Mahabrinda calló sobre el humus donde comenzó a llorar ante lo evidente. Estábamos destrozados, observé el mapa demasiado mojado ya. No había más solución que volver por la fuerte e imposible pendiente que nos había escupido a resbalones por metros sin parada controlada en sus faldas hasta aquella recóndita isla desierta en medio de la selva. Una trampa impensable, cruel, como un agujero resbaloso del que es imposible salir para unos ratones desfallecidos. ¿Cómo podríamos afrontar tal subida?. Intenté animarlo, al tiempo que me animaba a mi mismo, pero mi insinceridad me delataba, yo también pensaba que uno de nosotros moriría pronto, casi seguro, el otro seguidamente, quizás un día más tarde.
Aun así, me levanté, le grité con coraje y comenzamos la imposible labor, no quería rendirme, y no lo iba hacer, quería morir en el intento, me consideraba un aventurero extremo y sería capaz de soportar la agonía de la espera o el dejarme coger por la muerte sin luchar. Nadie, más que nosotros mismos, nos podría sacar de allí. Desenfundé mi segundo piolet para acometer la escalada en barro, ramas y raíces resbalosas. Con esfuerzos denodados, a base de tropiezos, fuimos ascendiendo y escalando el bosque con desmoralizadora lentitud. Mahabrinda rompió una de sus botas y las ropas rajadas acentuaban la catastrófica imagen. Saqué la cámara y le hice una foto para animarlo intentando restar importancia a la grave situación, y le fui contando mis aventuras similares a ésta, con final feliz, que ya antes tuve, aunque no le dije del todo la verdad ¡claro!, ninguna había sido tan larga y aisladamente peligrosa como ésta, nunca me había asomado tanto al vacío, jamás tan cerca del mismísimo verdugo. Aquella era la peor en cuanto a expectativas, con diferencia. Aun así, hizo efecto, pareció animarse un poco, y cuando encontramos el rellano sin plantas sonrió y gritó desconsoladamente pidiendo ayuda en su idioma. Mi cara sin embargo era de asombro y miedo, "esto no era humano" susurré, debía ser un animal enorme,... un oso. Algunas garrapatas rayadas y enormes me lo confirmaron al morderme agresivamente en el costado. Se lo anuncié con precipitación a mi compañero al tiempo que me las arrancaba y las lanzaba lejos asqueado y enfadado. Corrimos, si es que se puede decir correr a aquel paso torpe a caídas y a cuatro patas, para alejarnos al tiempo que un brusco movimiento de fuerza descomunal nos advertía de la presencia del dueño de aquella obra entre la maleza, el oso. Por gracia en aquella ocasión, no se mostró ante nosotros y pudimos alejarnos, con gritos despavoridos y continuos de Mahabrinmda y yo pidiendo auxilio que se ahogaban en el rugir constante del estruendoso río glaciar Yangri Khola, pero que servían de repelente al temido animal. En la oscuridad del atardecer seguíamos en una empinada ladera, destrozados física y psicológicamente. Subíamos y bajábamos sin sentido como dos locos por aquella perdida selva, cuando un grito me hizo despertar de mi somnolente deambular. ¡¡Mahabrindaaaa!!! Grité con un nudo en la garganta, lo había visto caer con cara despavorida 4 metros abajo dando dos mortales y medio hacia atrás. Me deshice de mi mochila y bajé al tiempo que gritaba para intentar socorrerle: ¡¡Mahabrinda!!! grité de nuevo, ya cerca vi como había sido frenado por un árbol que parecía haberle partido en dos. La mochila amortiguó algo el golpe, pero había perdido el conocimiento. Pasaron unos segundos eternos, sentí, que yo lo había arrastrado hasta aquel lúgubre lugar, para luego matarlo con mi irresponsabilidad, una culpabilidad que pesaría los días restantes de mi vida, que quizás no fuese demasiado larga. Volvió en si, sin saber si todo había sido un mal sueño, pero pronto, al mirar hacia el entramado techo que nos cubría, regresó a la inquisitoria realidad, era peor que una pesadilla, realmente estaba metido hasta el cuello en aquella tragedia. Se levantó tambaleante y asombrado de tener todo su cuerpo entero, sin roturas de huesos. Se dio cuenta de lo sucedido y estalló en llanto desconsolado, balbuceando su pobre inglés en el que, entre otras cosas, me pedía acampar ya, pues no podía seguir ni un paso más por hoy.
Antes de continuar miró al suelo en búsqueda y me dijo que le había sido arrancado el reloj durante la fuerte caída, un reloj de enorme valor sentimental y económico para él, regalo de su padre. Callado, asintiendo con la cabeza, saqué mi gastado frontal de luz pálida ya.
En una escarpada paré, bajo la lluvia, dos sombras de lo que habían sido dos fuertes trekers hacía tan solo tres días, desnudaban sus esqueléticos y temblorosos cuerpos y se quitaban las numerosas sanguijuelas una vez más. Una experiencia tan cercana a un nepalí era algo que anhelaba al venir aquí, ahora, siendo sincero y egoísta, me sobraba en aquella pequeña tienda. De nuevo repetíamos la horrible experiencia de meternos temblando en la apretada funda de vivac, esta vez con un saco frío y mojado, pero con algo de agua para beber recogida en el río más dos chocolatinas por persona, "algo es algo" dije, saboreando la golosina. Afuera las sombras y la duda de todo el destino; ¿aguantaríamos una noche más la hipotermia?, ¿despertaríamos junto a un fiambre, o sería yo mismo el que nunca despertaría?. Las sanguijuelas podrían haberme introducido una enfermedad tropical de las que derrumba un elefante en horas, o el oso, al fin, haría acto de presencia y devoraría la tienda sin siquiera abrirla para separarnos y tragarnos por separado, dándonos alguna oportunidad. Sin embargo, esta vez caímos dormidos al instante a pesar de lo retorcidos que nos encontrábamos allí dentro. Un estruendo nos sobresaltó de pronto en mitad de la noche. ¡No podía ser!, ¿una avalancha aquí?. La tierra temblaba, era como un terremoto. Un fuerte desprendimiento de la pared del otro lado del río caía al fondo de las aguas con fuerza incalculable. Con un tiriteo muy preocupante ya, Mahabrinda destensó sus músculos para intentar seguir durmiendo. Los sonidos de la noche indicaban que el bosque estaba aun más vivo en la oscuridad que durante el día, que aquí fuera de esta fina tela había un mundo desconocido que nos acechaba, y que tarde o temprano nos atraparía y devoraría sin dejar rastro ninguno, más que los metales de nuestras mochilas durante algún tiempo. Intenté yo también descansar algo más, esperando esta vez que fuese sin interrupción a pesar de la incómoda situación, todo pegajoso, mojados, fríos, sucios y embarrados...siendo la adrenalina la que me impedía dormir a pesar de mi cansancio.
De nuevo, como un milagro más, amaneció. Me dolían todos los huesos, los afligidos músculos, la cara y las manos. Enfrentarnos a la ropa mojada otra vez, fue un sacrificio al que era difícil acostumbrarse. Las doloridas manos estaban hinchadas, inflamadas, y apenas podíamos vestirnos. "Hoy debe ser el día", dijo Mahabrinda, "no creo poder resistir una noche más", añadió mirándome fijamente con mirada de niño perdido, con los hombros caídos hacia delante y cuerpo derrotado. Le coloqué la mano por encima del hombro y sonreí, dándole unas palmadas en señal de apoyo. Las piernas le temblaban a cada paso, aun estaba impactado por la horrible caída de ayer. Proseguimos con nuestra absurda travesía, esta vez con un "buen plan" le dije, atravesando en la dirección que anoche entre pesadillas soñé. Sin palabras progresábamos con lentitud, una barrera de ortigas impresionantes nos cortaba el paso en la dirección elegida, bajar era temible y subir un rompepiernas para cualquiera en buenas condiciones, un imposible para nosotros, una suma de dificultades extremas que empezaba a ser demasiado frecuentes y que acabaría con nosotros, con nuestras fuerzas, ánimos y por lo tanto con nuestras vidas.
Sin más solución, estábamos otra vez descendiendo, aunque ya sorteado el obstáculo de piedra de ¡dos días antes!. La muerte acechaba cerca y lo sabíamos. Una zancadilla de bambú me hizo tropezar, y el vació se abrió ante mi, haciéndome dar una vuelta y media como una campanada espectacular. Esta vez era yo el que volaba peligrosamente y el que no respondía a los gritos de Mahabrinda en mi auxilio. Por suerte no fue más que un susto. Al caer metí la mano entre las hierbas y toqué, ¡un metal!!, una lata oxidada nos devolvía las esperanzas; -¡algún humano estuvo por aquí hace ya tiempo, debemos estar cerca de algo!. Jadeantes, descubrimos que avanzábamos mejor, las laderas eran algo más suaves y los bosques menos apretados. Mi ímpetu me hacía avanzar como un desesperado dejando atrás a mi compañero que exhausto no paraba de gritar pidiendo auxilio o pidiendo que le esperase. El cansancio suele traer mal humor, y en mi caso fueron ganas de perderlo o matarlo para comérmelo, cosa que ya antes había mascullado como último recurso ante la ausencia de alimentos de reserva ya en nuestras mochilas, recordando la experiencia leída en "Viven". Pero debía contener mi instinto animal, y así lo hacía con éxito hasta el momento, llegando a ser incluso demasiado humano, como un pastor cuida a sus ovejas antes de sacrificarlas. Los pensamientos se apelotonaban en mi mente, las imágenes de seres queridos, del pasado, y de un probable futuro catastrófico rondaban mi mente durante las largas marchas agotadoras que me hacían entrar en un trance mental donde continuar era la frase que me repetía una y otra vez. Sumergido en aquella selva de pensamientos me paré ante una ventana, un claro en el bosque que me atrajo y me facilitó una atalaya desde la que divisar los alrededores. Con mirada detenida, perdida, imaginé y soñé con que aquella borrosa línea allí abajo, pudiese ser un sendero viejo. A los diez minutos, con ruido de hojarasca de algo que se arrastra como un reptil llegó Mahabrinda a la pequeña repisa soleada, sonriendo amarga y desesperadamente. Miró aquel sueño mío que le señalaba sin palabras. Coincidió intuyendo algo, "podía ser". Éramos dos soñadores que querían ver lo que no existía, típico de personas que se encuentran en una situación sin salida y que no quieren enfrentarse a la realidad; así somos los humanos a veces. Aun así bajamos en su búsqueda y aunque no encontramos el sendero, si que renovamos las esperanzas, y las fuerzas bebiendo y comiendo unos picos que me quedaban junto a un arroyo fresco surgido de las profundidades.
Los descansos eran cada vez más frecuentes y más largos. Nuestras reservas estaban claramente agotadas y subir cincuenta metros era un reto casi inalcanzable, estábamos condenados sin posible redención.
Unos rayos del sol se colaban por la bien tejida maraña vegetal y alcanzaban el rostro de Mahabrinda allí tirado, "descansando". Lo observaba hacía rato, se quedaba dormido con demasiada facilidad y frecuencia, le había visto cerrar los ojos incluso de pié cuando se apoyaba en los árboles para recuperar el aire. Yo lo miraba como a un espejo, viendo en mi los mismo. Clara y objetivamente estábamos acabados.
Mareado, me puse en pie y desperté a Mahabrinda, en una última coleteada del pez que se asfixia inevitablemente. Una huella animal nos permitió avanzar algo más rápidos, aunque torpes, y tras varias curvas, una visión, un espejismo, un sendero sin vegetación, estrecho, pero sendero humano, ya que había unos palos de protección atados con cinta vegetal. No dije nada, me senté junto a él sobre una musgosa piedra, esperando a Mahabrinda para celebrarlo juntos, controlando la euforia interior. Un mísero sendero, significaba probablemente nuestro pasaje de vuelta a la vida.
Mi compañero tardaba demasiado, no lo escuchaba si quiera. Pensé tristemente que lo había perdido, que incluso era culpa mía, quizás lo habría hecho a propósito para quitarme un peso de encima, una gran falta de compañerismo, no sé, todo eran tinieblas, me estaba quedando dormido. Pasaron momentos eternos, incalculables, confundiendo sueño y realidad. Comencé a vociferar su nombre para intentar orientarlo o despertarlo si es que me podía escuchar, al tiempo que me mantenía yo mismo consciente, pero sin mediar palabra apareció ante mi.
Ilusionados caminamos varias horas más parando muy a menudo, comentando las adversidades y nuestra superación, ya nos sentíamos seguros. Nos quitábamos las sanguijuelas con una sonrisa en los labios, como algo cotidiano sin importancia, incluso las observaba con curiosidad mientras reposaba mi condolido cuerpo. Y, tras una pronunciada curva, ya desgastada del uso, un templo budista en reconstrucción al fondo, una imagen que quedaría grabada en mi memoria por siempre y ante la cual quedé frenado como una estatua, creyendo quizás, en que fuese un espejismo, y que aun seguíamos perdidos por completo. Nos fuimos acercando al tiempo que caía el día, y ya en sus paredes de piedra vimos al primer ser humano en mucho tiempo. Me senté en una piedra frente al anciano, esperando a Mahabrinda. El señor me observaba curioso y sorprendido. No hacía falta traducción de lo que nos había sucedido, por lo que antes de que llegase Mahabrinda ya me invitó a pasar a una choza de piedras con más agujeros que un colador, donde en una hoguera humeante (las chimeneas no existían aquí) cocía unas patatas. Un techo con troncos retorcidos como vigas sujetaba unas pizarras que lo aislasen un poco de la pesada lluvia. Entré y me desplomé al tiempo que dejaba mi mochila, acercándome a aquel cálido fuego, de gran significado para mi. El viejo que nos atendió era un hombre serio de pocas palabras, con la cara arrugada, y curtida. Unos sacos en el suelo hacían de cama en la que pasaríamos una holgada noche. A pesar de mi cansancio, me recosté junto a Mahabrinda, y escuché como éste entraba en sueño profundo sin mediar palabra ni alterarse por los roedores que peleaban en las vigas sobre nuestras cabezas, en posible disputa por el arroz robado del saco que a nuestros pies yacía. Observé al viejo como con parsimonia, a la ténue luz de la hoguera comía un poco, inalterado también por el alboroto ocasional de los ratones, y cómo desenredaba el roído y sucio trapo que liado de forma curiosa le hacía de vestimenta. Escuché entusiasmado y extasiado como rezaba unas oraciones al tiempo que se untaba un mejunje aceitoso por todo su cuerpo desnudo, arrugado, enclenque y distinto para mi. De fondo sonaban las trompetas graves y quejumbrosas del templo budista, como un berrido de un ciervo en medio del bosque, resonando con lúgubre misterio. Me sentía en otro planeta, en un ambiente excepcionalmente rico de pequeños detalles que saturaban mis sentidos. Con mirada perdida en el fondo del fuego, reflexioné sobre la vida de estas gentes, sobre el significado de una muerte, del final en una de sus vidas o en la cercana extinción de una de las nuestras. El mundo hubieses seguido, por supuesto, mi vida significaba poco, era lo único que tenía, y había estado apunto de perderla. Calibrando el valor de las vidas que allí reposábamos aquella noche, compartiendo choza, caí dormido en un profundo sueño.
Desperté condolido ante unos rallos de luz que atravesaban mis párpados, pero no quise abrir los ojos. Notaba como Mahabrinda, apretado a mi, se retorcía. Hacía frío y todo estaba húmedo, no quería ni pensar en que todo había sido un sueño cruel, no quería volver a la dura realidad; salir de nuevo de la tienda y ponerme la helada ropa, caminar sin sentido tropezando de agotamiento y recogiendo sanguijuelas para alimentarlas involuntariamente desgastando mis fuerzas para morir finalmente desfallecido entre los bambúes, con los ojos abiertos mientras los pequeños animales del bosque me comían vivo. Saqué la mano poco a poco del mojado saco para palpar mi alrededor y descubrir la realidad lentamente. Conforme ganaba centímetros, la esperanza crecía en mi interior, con valor abrí los ojos, y no fue el azul de la tienda quien me recibió esa mañana, era el sucio y desmoronado techo de la caseta de anoche. ¡Que alegría!
Convivimos un día más en esta aldea de cinco habitantes, donde todo era paz, y no existían las prisas. Nos dedicamos a secar nuestras ropas y recomponernos un poco. Nos explicaron como salir de allí camino de la civilización, ya que nosotros pertenecíamos a ella, sin embargo, "ellos no", según el patriarca del lugar. A la mañana siguiente cuando llegó la hora de partir, miré hacia atrás, y sentí envidia de aquellas personas. Sus habitantes seguían sus cotidianas labores sin prestar atención, les bastaba así.
Pero alegre de estar vivo, respiré hondo y retomé mi sendero, que yo mismo elegí. Mahabrinda cojeaba como secuela de los días anteriores, se paró y me observó, leyendo la tristeza en mis ojos al mirar atrás, por lo que me dijo en su pobre inglés: "no te preocupes por el piolet y el reloj, las cosas son cosas, y se pueden comprar de nuevo, la vida no".


Miguel A. Torrecillas Méndez
(Nepal, Octubre 2.001)