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FERNANDO FERNANDEZ VIVANCOS Y JAVIER CAMPOS ALCANZAN LA CIMA DEL MCKINLEY

 

DENALI, LA MONTAÑA BOREAL

La idea de viajar hasta el McKinley surgió de la unión de varias coincidencias. Teníamos buenas referencias sobre la montaña. Todos los que habían estado allí nos hablaban maravillas sobre Alaska: bosques de coníferas, cursos de agua cristalina y, sobre todo, grandes montañas. Los dos andábamos algo cansados de expediciones largas a montañas demasiado altas, en las que apuestas demasiado a cambio de pocas opciones, con los consiguientes desengaños. El techo de América del Norte nos pareció un buen lugar para pasarlo bien.

Alaska no decepciona. El viaje te lleva a Anchorage primero y Talkeetna después. Allí uno se siente como en aquella vieja serie de televisión, “Doctor en Alaska”, esperando ver aparecer por cualquier esquina al doctor Fleshman.

Visitamos a los Rangers, que resultan no ser tan desagradables como nos lo habían pintado sino gente muy profesional y amable en todo momento. Nos hablan de las normas del parque y nos ponen al corriente sobre las condiciones de la montaña. El examen de nuestro equipo de escalada es minucioso, para comprobar que se adecua a las necesidades de este monte. También es allí donde se abona el permiso de ascensión, seguramente los 200 $ mejor pagados y más justificados por una cima. Además de un control efectivo de la limpieza de la montaña, pudimos descubrir como ese pago incluía hasta un posible rescate en helicóptero...

El traslado de Talkeetna al Campo Base, a bordo de una pequeña avioneta supone una de las experiencias más espectaculares de la aventura. Volar sobre la tundra y los glaciares, con el McKinley como telón de fondo, será algo difícil de olvidar.

Desde el Campo Base, situado en el Glaciar Kahiltna, a los pies del Monte Hunter, comienza la peregrinación hacia los campos altos. Los primeros días están exentos de dificultad y el único tormento es arrastrar la pulka, un pequeño trineo de plástico en el que porteamos más de 50 kilos que convierten el ascenso en un pequeño vía crucis.

Aunque la ruta está muy bien señalizada es necesario ir encordado debido a la existencia de grietas en toda la ascensión.Lo que más nos sorprende de los primeros días es el calor. No cuadra con la idea que traíamos de esta montaña.

A partir del Campo 4 (4.300 mts.), conocido como Medical Camp por la estación de emergencias que los ranger mantienen allí durante la temporada, la ruta se endereza. Una pared de hielo que alcanza los 50 o 55 grados, magníficamente equipada con cuerdas fijas por los rangers y una estética arista de roca e hielo, llevan al último campo a 5.200 metros. Aquí, una tormenta nos bloquea un par de días, pero aparece una ventana de tiempo no demasiado malo que nos permite intentar la cima.

Ahora si, el frío se hace notar. A 40 bajo cero y con un viento violento, nos acercamos a la cumbre para encontrar una arista final, que ya sería motivo suficiente para llegar hasta aquí. La cima es espectacular y muy fría.

Vinimos buscando algo diferente y sin duda lo hemos encontrado. El McKinley nos ha parecido una montaña divertida, distinta, fría y sobre todo muy bonita. Tuvimos suerte, pero no hay que olvidar que es un monte al que hay que tener un gran respeto. Por algo los indígenas lo llamaron Denali, “El Más Grande”.

Javier Campos
Fernando Fernández - Vivancos

 
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